sábado, 12 de noviembre de 2011

El cine que nunca existió

Cuando éramos pequeños, el sábado, comíamos a toda prisa, nos cepillábamos los dientes a toda carrera y nos peinábamos frente a un espejo demasiado alto. Y después a la calle, camino de un cine que empezaba pronto. La matinée, nombre francés que luego se llamó "Sesión infantil". Había una cola en la taquilla y, mientras esperábamos, mirábamos los "carteles" que anunciaban próximos estrenos y las fotos de la película que íbamos a ver. Había poco dinero. Comprábamos las de "General" que era el nombre oficial del gallinero. Pero allá subíamos llenos de entusiasmo y emoción. Una espera, griterío, risas. Y luego se apagaban las luces. Allá en el fondo, la pantalla casi cuadrada enmarcada en negro, se iluminaba con unas imágenes que nos sabíamos de memoria: El NO-DO. Luego "Imágenes" y más tarde, unos dibujos animados al que todo el mundo saludaba con un grito de alborozo. Podía existir un pequeño descanso ("Descanso - Bar en entresuelo") , pero, enseguida, comenzaba la película. Durante hora y media nos sumergíamos en un mundo aparte, fabuloso, intrepido, misteriosos... para salir a la calle con los comentarios más dispares y el sentimiento de no pisar la tierra. Un tiempo emocionante. Pero hoy, viendo aquellas películas que nos emocionaron, nos cuesta entender como las vimos tan gigantes, tan vibrantes, tan emotivas... Y es que cada época ha hecho un cine adaptado a la mentalidad reinante y en aquella, la mente media tenía una carga de ingenuidad e inocencia que la hacía capaz de ver un cine que nuncxa existió.